DÉCIMO MANDAMIENTO
211. El décimo mandamiento es: No codiciar los bienes ajenos.
212. En el décimo mandamiento se manda contentarnos con el estado en que Dios nos ha puesto, y sufrir con paciencia la pobreza, si el Señor nos quiere en tal estado.
213. En el décimo mandamiento se prohíbe la avaricia o el deseo desordenado de riqueza y la envidia del bien ajeno.
214. Para guardarnos de la avaricia y de la envidia del bien ajeno debemos hacer limosnas, obras de celo y caridad, pensar que hemos sido creados para el cielo y que los bienes de esta tierra no pueden hacernos verdaderamente felices, y finalmente considerar que todo se deja con la muerte.
El séptimo mandamiento prohíbe toda injusticia externa y el décimo prohíbe toda injusticia interna.
Dios es quien da todos los bienes de fortuna, naturaleza y gracia, y todo lo dispone con sabiduría y bondad infinitas, para bien de los que le aman.
Nosotros solo debemos procurar amar a Dios y hacer su divina voluntad.
Si Dios nos quiere pobres, no hemos de querer ser ricos.
Si Dios nos da riqueza, empleémosla, no en satisfacer caprichos, sino en hacer el bien.
Jesucristo quiso ser pobre y nacer de madre pobre, y aun llamó espinas a las riquezas.
Los pobres se salvan más fácilmente que los ricos.
Dijo Jesucristo: “Más fácil es el pasar un camello por el ojo de una aguja que el entrar un rico en el reino de Dios” (Marcos, X, 25)
Por tanto los pobres, en vez de quejarse, deben dar gracias a Dios por haberlos librado de los peligros de condenación eterna que van anexos a las riquezas.
Los ricos deben conjurar estos peligros, haciendo limosnas y todo el bien que puedan a los pobres porque Jesucristo ha dicho: “Lo que hiciereis a uno de los pobres, a Mí lo hacéis”. [Es un resumen del capítulo XXV de San Mateo]
La vida presente es brevísima; pasará como una sombra fugaz.
Las verdaderas riquezas son las obras buenas.
Más vale el premio eterno que Dios nos dará por un solo Padrenuestro buen rezado, que todo el oro del mundo.
¡Oh, hombres, si conocierais el valor de las obras buenas, todo vuestro empeño sería enriqueceros de ellas!
Confiemos en Dios: pongamos en sus manos todo nuestro porvenir y recordemos a menudo lo que dijo N. S. Jesucristo: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas se os darán por añadidura”.
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Observación oportuna
¡Cuán hermoso fuera que todos los hombres conocieran y practicaran la ley de Dios!
El mundo sería un cielo anticipado: no habría asesinos, ladrones, borrachos; los pobres serían socorridos abundantemente; no habría tantas enfermedades; podríamos vivir tranquilos, sin temor de que nadie nos dañe injustamente.
Nosotros no podemos hacer que todos los hombres conozcan y cumplan la ley de Dios.
Pero debemos contribuir a que la conozcan y practiquen algunas personas de nuestras relaciones, y sobre todo:
Podemos y debemos conocerla y practicarla nosotros mismos.
Esto es lo que más nos interesa, pues así seremos miembros sanos de la sociedad, agradaremos a Dios y conseguiremos la eterna felicidad.