CUARTO SACRAMENTO: PENITENCIA
289. La Penitencia o Confesión es un sacramento por el cual se perdonan todos los pecados cometidos después del Bautismo.
290. Recibimos el Sacramento de la Penitencia cuando nos confesamos y recibimos la absolución de los pecados.
El Sacramento de la Penitencia fue instituído por Jesucristo cuando dijo a los Apóstoles, y en ellos a sus sucesores:
“Recibid el Espíritu Santo; a los que perdonareis los pecados, perdonados les son, y a los que se los retuviereis, les son retenidos”.
La materia del Sacramento de la Penitencia es remota y próxima.
La remota, son los pecados cometidos por el penitente después del Bautismo.
La próxima, son los actos del penitente, a saber: contrición, acusación y satisfacción.
La forma es: “Yo te absuelvo de tus pecados”
El ministro es el sacerdote aprobado por el obispo.
291. La absolución de los pecados es el perdón que nos da el sacerdote, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, cuando nos confesamos bien.
La absolución es la sentencia que el sacerdote pronuncia en nombre de Jesucristo, para perdonar los pecados al penitente que se ha confesado con las debidas disposiciones.
Si a la confesión le faltara alguna condición esencial, la absolución sería nula.
El Sacramento de la Penitencia:
Perdona los pecados;
Conmuta la pena eterna por la temporal, y de esta perdona más o menos según las disposiciones;
Restituye los méritos de las buenas obras hechas antes de cometer el pecado mortal, da al alma auxilios oportunos para no caer en la culpa;
Y devuelve la paz a la conciencia.
El Sacramento de la Penitencia tiene la virtud de perdonar todos los pecados, por muchos y enormes que sean, con tal que se reciba con las debidas disposiciones.
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Necesidad de la Confesión
Los Santos Padres llaman a la Penitencia segunda tabla después del naufragio, con la cual debe salvarse todo aquel que ha perdido la gracia bautismal.
El que ha cometido pecado mortal, después del bautismo, no tiene otro medio para salvarse, sino la confesión de hecho, o, a lo menos, de deseo.
Aunque llore amargamente sus pecados, dé todos los bienes a los pobres y haga toda clase de obras buenas, sin la confesión no obtendrá el perdón.
Hay obligación de confesarse:
1º Para cumplir con el precepto pascual.
2º En peligro de muerte.
3º Si se ha de comulgar.
No tiene obligación de confesarse el que está en gracia de dios y ha confesado todos los pecados mortales que recuerda haber cometido.
No obstante, aunque no haya obligación, es una costumbre piadosa y general confesarse antes de comulgar, cuando se ha pasado uno o dos meses sin confesarse.
El Sacramento de la Penitencia, a más de borrar los pecados, da gracias oportunas para evitarlos en adelante.
Conviene mucho confesarse cada ocho o quince días, o cada mes, según aconseje el confesor.
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Bienes de la Confesión
Los dos artículos de nuestra santa fe más combatidos por los impíos son: el infierno y la Confesión.
Precisamente son las dos verdades que más nos apartan del pecado.
Con la Confesión, el ladrón deja de robar, y restituye lo robado; el deshonesto se hace casto; el mal hijo se hace bueno; en una palabra, de cualquier vicio se enmienda el que se confiesa bien.
Estos son los frutos de la confesión bien hecha.
Como por el fruto se conoce el árbol, debemos decir que la confesión es un árbol benditísimo, plantado por N. S. Jesucristo en su Iglesia.
La confesión nos hace practicar las virtudes más excelentes.
La Fe, creyendo que Dios ha dado al sacerdote el poder de perdonar los pecados.
La Esperanza , esperando el perdón por la confesión del pecado: en los demás tribunales, quien confiesa se condena.
La Caridad, detestando el pecado, porque es ofensa a Dios, infinitamente bueno.
Humildad heroica, manifestando todas las propias faltas al confesor.
Obediencia, cumpliendo con lo que es tan contrario al amor propio.
Justicia, sujetándose, no por fuerza, sino voluntariamente, al juicio del confesor, con ánimo de satisfacer por los pecados cometidos.
Fortaleza, venciéndose a sí mismo y a la vehemente inclinación que tienen los hombres de encubrir sus culpas.
Muchas veces cuesta más confesar el pecado que resistir la tentación: resultando así, la confesión, un gran preservativo del pecado.
El que se confiesa bien obtiene la justicia, la paz sobrenatural y el gozo en el Espíritu Santo.
La justicia, porque si está en pecado mortal, queda perdonado y se hace justo; si está en gracia, se justifica más.
La paz sobrenatural, porque obtiene victoria completa sobre sus enemigos, destruye a unos (los pecados); hace huir a otros (los demonios y sus tentaciones), y sujeta a los demás (las pasiones de la carne).
Gozo en el Espíritu Santo, porque el perdón de los pecados disipa los temores y tristezas de la mala conciencia, y llena el corazón de santa alegría.
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Facilidad de la Confesión
Debe, pues, el pecador, resueltamente hacer una buena confesión, aunque cueste algún trabajo.
¡Cuánto ha sufrido Jesucristo por nuestros pecados! Justo es que nosotros suframos algo también y hagamos de nuestra parte lo que Él exige para perdonarnos.
Por los pecados, merecemos infierno eterno. Si para obtener el perdón Dios nos exigiera cosas muy difíciles, deberíamos hacerlas; mucho más cuando nos pide tan poco.
El confesar sus propias faltas no gusta a nadie; pero se debe hacer, porque es necesario o útil; como cuando se toman las medicinas amargas, no porque gusten, sino porque hacen bien a la salud.
Para sanar las enfermedades del cuerpo, los hombres se sujetan a cosas mucho más difíciles y aun vergonzosas.
El sacerdote, como tal, no es un hombre como cualquier otro, sino que es ministro de Jesucristo.
El que encuentra difícil la confesión, es porque no la conoce bien o ignora cuán grave mal es el pecado mortal.
Supóngase que un rey hiciera la siguiente propuesta a un reo condenado a muerte:
“Te perdonaré y haré rey como yo, si te arrepientes de tu crimen y lo manifiestas en secreto a cualquiera de mis ministros, quien, jamás, por ningún motivo, lo podrá revelar a nadie”.
Ningún reo, por cierto, encontraría demasiado difícil tal proposición, ni ha existido jamás rey alguno, tan bueno y piadoso, que la hiciera.
Sólo Dios, por medio de la confesión, usa de esta gran misericordia para con el pecador, reo de muerte eterna.
No es motivo para dejar la confesión, el que, por su causa, se haya cometido algún error o abuso.
Los hombres de todo abusan, aun de la comida y bebida; más porque haya quien abuse, no se deja de comer ni de beber.
Las personas de malas costumbres, que no quieren corregirse, no se confiesan, porque la confesión bien hecha exige una voluntad decidida a dejar todo vicio.
Si algunos se confiesan y no se corrigen, es porque les faltan las debidas disposiciones.
[Recuerden que hay un examen amplio de conciencia para adultos en el blog, en la sección: Más catequesis. Y uno para niños, pero tienen que enseñarles lo malo del pecado, por ej., dijo un sacerdote que les digamos: "por esta desobediencia le clavaste una astilla más en la cabeza a Jesus", ese examen está en la sección: Oraciones]