Actualizado 30 min. después, ya que Nuestra Señora de las Rosas habla fuerte y claro contra cierta corriente de gente que piensa estar perdonada sin confesión sacramental. Y también está en el video sobre confesión publicado en el canal de YouTube: QNTLC
Cosas necesarias para hacer una buena Confesión
292. Para hacer una buena confesión son necesarias cinco cosas: 1º examen de conciencia; 2º dolor de los pecados; 3º propósito de enmienda; 4º confesar al sacerdote los pecados; 5º cumplir la penitencia impuesta por el confesor.
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1º Examen de conciencia
293. Examen de conciencia es procurar con diligencia acordarse de los pecados cometidos desde la última confesión bien hecha.
294. El examen de conciencia se hace pidiendo primero luz a Dios para conocer los pecados cometidos, y pensando en los mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia y las obligaciones del propio estado.
295. En el examen hay que averiguar también el número de los pecados mortales.
296. Hemos de pensar en las circunstancias que mudan la especie, o que cambian al pecado de venial en mortal.
Se debe fijar la atención, especialmente sobre la pasión dominante y las ocasiones de pecar.
Para el examen de conciencia, se ha de emplear la diligencia que se emplea en un negocio importante.
Se ha de emplear más o menos tiempo, según el número, calidad de los pecados cometidos y el tiempo transcurrido desde la última confesión bien hecha.
El examen de conciencia se facilita mucho haciendo todas las noches el examen de las obras del día.
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2º Dolor de los pecados
297. Tener dolor de los pecados quiere decir arrepentirse de haberlos cometido.
298. El dolor de los pecados es de dos maneras: perfecto o contrición, e imperfecto o atrición.
299. El dolor perfecto o contrición es un pesar de haber ofendido a Dios por ser quien es, es decir, por ser infinitamente bueno y digno de ser amado sobre todas las cosas, con propósito de confesarse.
El dolor de contrición se llama perfecto, porque nace del amor de Dios.
El que hace un acto de contrición prefecta, obtiene inmediatamente el perdón de sus pecados, aun antes de la confesión; pero queda con la obligación de confesarlos a su debido tiempo.
El dolor perfecto perdona los pecados mortales, porque el que hace un acto de dolor perfecto, tiene en su alma el amor de Dios, el cual no puede estar junto con el pecado mortal.
300. Dolor imperfecto o atrición es un pesar de haber ofendido a Dios, o por temor de sus castigos, o por fealdad del pecado.
La fealdad del pecado está en que priva al alma de toda su hermosura, que es la gracia, y la hace despreciable a los ojos de Dios.
La atrición es dolor imperfecto, porque nace del temor de Dios.
Con la atrición se perdonan los pecados al recibir el penitente la absolución.
301. De estos dos dolores de los pecados es mejor el dolor perfecto o contrición, porque nace de amor filial a Dios nuestro Señor.
Es más fácil tener la atrición que contrición perfecta.
Para que haya verdadero dolor de los pecados no es necesario un dolor sensible como el que se siente por la muerte de una persona querida; basta que la voluntad deteste sencillamente el pecado, por los motivos de atrición o contrición.
303. El dolor de los pecados se ha de tener antes que el confesor absuelva al penitente.
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Necesidad del dolor
De las cinco cosas necesarias para hacer una buena confesión, la más necesaria es el dolor.
Sin dolor no hay perdón de los pecados.
[Me parece que si estuvimos confesándonos sin meditar bien toda la vida (como para tener atrición o contrición), hay que hacer una confesión general de todos los pecados, habiendo buscado un sacerdote piadoso]
En algunos casos, como en un naufragio, en una batalla, etcétera, se perdonan los pecados sin necesidad de examen de conciencia, sin la confesión íntegra, sin la satisfacción; pero sin dolor, los pecados no se perdonan jamás.
He aquí por qué, cuando hay un enfermo de gravedad, no se debe esperar a que pierda el conocimiento para recibir los auxilios espirituales, puesto que sin arrepentimiento no hay perdón de los pecados.
Cuando nos confesamos, debemos procurar, con gran cuidado, tener verdadero dolor de los pecados.
Debemos tener dolor de todos los pecados mortales.
Quien confiesa sólo pecados mortales debe tener dolor, al menos, de alguno, pues si no tuviera dolor ninguno, la confesión sería nula, y si esto fuera con advertencia, sería un grave sacrilegio.
Es muy bueno hacer a menudo el acto de contrición, especialmente:
1º Antes de acostarse
2º Cuando uno ha cometido un pecado mortal, o duda de haberlo cometido.
3º En peligro de muerte.
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3º Propósito
304. El propósito de enmienda es una firma resolución de nunca jamás ofender a Dios.
El propósito, tratándose de pecados mortales, debe ser universal, perpetuo y eficaz.
Universal: de todos los pecados.
Perpetuo: para toda la vida.
Eficaz: tener una voluntad del todo resuelta a huir de las ocasiones peligrosas y a desarraigar los malos hábitos.
Por ocasiones peligrosas, se entienden todas aquellas circunstancias de tiempo, lugar, persona o cosas que por su propia naturaleza o por nuestra fragilidad nos inducen a pecado.
Por hábito, se entiende la disposición adquirida de caer con facilidad en aquellos pecados a que uno está acostumbrado.
Para corregir los malos hábitos, hemos de velar sobre nosotros mismos, hacer mucha oración, frecuentar la confesión, tener un buen director fijo, y poner en práctica los consejos y remedios que nos diere.
El verdadero dolor de los pecados va siempre acompañado del verdadero propósito de enmienda.
Cuando uno, después de confesarse, comete enseguida los mismos pecados mortales, sin que se note ninguna enmienda, es muy de temer que las confesiones sean hechas sin dolor y sin propósito verdadero.
El enmendarse de los pecados es una buena señal de que la confesión ha sido bien hecha.
El dolor y el propósito deben preceder a la confesión, o, al menos, a la absolución.
Se debe procurar hacerlo anticipadamente y no esperar el momento mismo de la confesión.
305. Para moverse uno a formar dolor y verdadero propósito de enmienda, será conveniente, antes de acercarse al confesor, pedir al Señor su ayuda, meditar por unos instantes en los beneficios que el Señor nos ha hecho, pensar en su pasión y muerte, y decir con fervor el acto de contrición.