103. LA FE, NUESTRO ESCUDO Y NUESTRO TRIUNFO
--
Me pareció encontrarme con mis queridos jóvenes en el oratorio. Era hacia el atardecer, ese momento en que las sobras comienzan a oscurecer el cielo. Aún se veía, pero no con mucha claridad. Yo, saliendo de los pórticos, me dirigí a la portería; pero me rodeaba un número inmenso de muchachos, como soléis hacer vosotros, como prueba de amistad. Yo dirigía una palabra, ya a uno ya a otro. Así llegué al patio muy lentamente, cuando he aquí que oigo unos amentos prolongados y un ruído grandísimo, unido a las voces de los muchachos y un griterío que procedía de la portería. Los estudiantes, al escuchar aquel insólito tumulto, se acercaron a ver; pero muy pronto los vi huir precipitadamente en unión de os aprendices, también asustados, gritando y corriendo hacia nosotros. Muchos de éstos se habían salido por la puerta que está al fondo del patio.
--
Pero al crecer cada vez más el griterío y los acentos de dolor y de desesperación, yo preguntaba a todos con ansiedad qué era lo que había sucedido y procuraba avanzar para prestar auxilio donde hubiera sido necesario. Pero los jóvenes, agrupados a mi alrededor, me lo impedían
--
Yo entonces les dije:
--
Pero dejadme andar; permitidme que vaya a ver qué es lo que produce un espanto tal.
--
NO, no, por favor, me decían todos; no siga adelante, qué dese, quédese aquí, hay un monstruo que lo devorará, huya, huya con nosotros, no intente seguir adelante.
--
Con todo quise ver qué era lo que pasaba, y deshaciéndome de los jóvenes, avancé un poco por el patio de los aprendices, mientras todos los jóvenes gritaban:
--
¡Mire, mire!
--
¿Qué hay?
--
¡Mire allá al fondo!
--
Dirigí la vista hacia la parte indicada y vi a un monstruo que, al primer golpe de vista, me pareció un león gigantesco, tan grande que no creo exista uno igual en la tierra. Lo observé atentamente, era repulsivo, tenía el aspecto de un oso, pero aún más horrible y feroz que éste. La parte de atrás no guardaba relación con los otros miembros, era más bien pequeña, pero las extremidades anteriores, como también el cuerpo, los tenía grandísimos. Su cabeza era enorme y la boca tan desproporcionada y abierta que parecía hecha como para devorar a la gente de un solo bocado; de ella salían dos grandes, agudos y larguísimos colmillos a guisa de tajantes espadas.
--
Yo me retiré inmediatamente donde estaban los jóvenes, los cuales me pedían consejo ansiosamente; pero ni yo mismo me veía libre del espanto y me encontraba sin saber qué partidos tomar. Con todo les manifesté:
--
Me gustaría deciros que es lo que tenéis que hacer, pero no lo sé. Por lo pronto, concentrémonos debajo de los pórticos.
--
Mientras decía esto, el oso entraba en el segundo patio y se adelantaba hacia nosotros con paso grave y lento, como quien está seguro de alcanzar la presa. Retrocedimos horrorizados, hasta llegar bajo los pórticos.
--
Los jóvenes se habían estrechado alrededor de mi persona. Todos los ojos estaban fijos en mí:
--
Don Bosco ¿Qué es lo que tenemos que hacer? me decían.
--
Y yo también miraba a los jóvenes, pero en silencio y sin saber qué hacer. Finalmente exclamé:
--
Volvámonos hacia el fondo del pórtico, hacia la imagen de la Virgen, pongámonos de rodillas, invoquémosla con más devoción que nunca, para que Ello nos diga qué es lo que tenemos que hacer en estos momentos, para que venga en nuestro auxilio y nos libre de este peligro.
--
Si se trata de un animal feroz, entre todos creo que lograremos matarlo y, si es un demonio, María nos protegerá. ¡NO temáis! La Madre celestial cuidará de nuestra salvación.
--
Entretanto el oros continuaba acercándose lentamente, casi arrastrándose por el suelo en actitud de preparar el salto para arrojarse sobre nosotros.
--
Nos arrodillamos y comenzamos a rezar. Pasaron unos minutos de verdadero espanto. La fiera había legado ya tan cerca que de un salto podía caer sobre nosotros. Cuando he aquí que, no sé cómo y cuándo, nos vimos trasladados todos al lado allá de la pares, encontrándonos en el comedor de los clérigos.
--
En el centro del mismo estaba la Virgen que se asemejaba, no sé si a la estatua que está bajo los pórticos o a la del mismo comedor o a la de la cúpula o también a la que está en la iglesia. Ms, sea como fuese, el hecho es que estaba radiante de una luz vivísima que iluminaba todo el comedor, cuyas dimensiones en todo sentido habían aumentado cien veces más, apareciendo esplendoroso como un sol al mediodía. Estaba rodeado de bienaventurados y de ángeles, de forma que el salón parecía un paraíso.
--
Los labios de la Virgen se movían, como si quisiese hablar para decirnos algo. Los que estábamos en aquel refectorio éramos muchísimos. Al espanto que había invadido nuestros corazones sucedió un sentimiento de estupor. Los ojos de todos estaban fijos en la imagen, la cual con voz suavísima nos tranquilizó diciéndonos: No temáis, tener fe; ésta es solamente una prueba a la cual os quiere someter mi Divino Hijo.
--
Observé entonces a los que, fulgurantes de gloria, hacían corona a la Santísima Virgen y reconocí a don Victor Alasonatti, a Don Domingo Ruffino, a un tal Miguel, Hermano de las Escuelas Cristianas, a quienes algunos de vosotros habréis conocido y a mi hermano José; y a otros que estuvieron en otro tiempo en el Oratorio y que pertenecieron a la Congregación y que ahora están en el Paraíso. En compañía de éstos, vi también a otros que vives actualmente.
--
Cuando he aquí que uno de los que formaban el cortejo dela Virgen dijo en alta voz:
--
¡Levantémonos!
--
Nosotros estábamos de pie y no entendíamos qué era lo que nos quería decir con aquella orden, y nos preguntábamos:
--
Pero ¿Cómo levantémonos? Si estamos todos de pie.
--
¡Levantémonos! Repitió fuerte la misma voz. Los jóvenes, de pie y atónitos, se habían vuelto hacia mí, esperando que yo les hiciese alguna señal, sin saber entretanto qué hacer.
--
Yo me volví hacia el lugar de donde había salido aquella voz y dije:
--
Pero ¿Qué es lo que tenemos que hacer? ¿qué quiere decir levantémonos, si estamos todos de pie?
--
Y la voz me respondió con mayor fuerza:
--
¡Levantémonos!
--
Yo no conseguía explicarme este mandato que no entendía.
--
Entonces otro de los que estaban con la Virgen se dirigió a mí, que me había subido a una mesa para poder dominar a aquella multitud, y comenzó a decir con voz robusta y bien timbrada, mientras lo jóvenes escuchaban:
--
Tú, que eres sacerdote, debes comprender qué quiere decir “levantémonos”. Cuando celebras la Misa, ¿no dices todos los días sursum corda? ¿Con esto entiendes elevarte materialmente o levantar los afectos al Cielo, a Dios?
-- --
YO inmediatamente dije a voz de cuello a los jóvenes: -- Arriba, arriba, hijos, reavivemos, fortifiquemos nuestra fe, elevemos nuestros corazones a Dios, hagamos un acto de amor y de arrepentimiento: hagamos un esfuerzo de voluntad para orar con vivo fervor, confiemos en Dios.
--
Y, hecha una señal todos se pusieron de rodillas.
--
Un momento después, mientras rezábamos en voz baja, llenos de confianza, se dejó oír una voz que dijo: ¡Surgite!
--
Y nos pusimos todos de pie y sentimos que una fuerza sobrenatural nos elevaba sensiblemente sobre la tierra y subimos, no sabría precisar cuánto, pero puedo asegurar que todos nos encontrábamos muy en alto. Tampoco sabría decir dónde descansaban nuestros pies. Recuerdo que yo estaba agarrado a la cortina o al repecho de una ventana. Los jóvenes se sujetaban unos a las puertas, otros a las ventanas; quien se agarraba acá, quien allá; quien a unos garfios de hierro, quien a una gruesos clavos, quien a la cornisa de la bóveda. Todos estábamos en el aire y yo me sentía maravillado de que no cayésemos al suelo.
--
Y he aquí que le monstruo, que habíamos visto en el patio, penetró en la sala seguido de una innumerable cantidad de fieras de diversas clases, todas dispuestas al ataque. Corrían de acá para allá por el comedor, lanzaban horribles rugidos, parecían deseosas de combatir y que de un momento a otro, se habían de lanzar de un salto sobre nosotros. Pero por entonces nada intentaron. Nos miraban, levantaban el hocico y mostraban sus ojos inyectados en sangre.
--
Nosotros lo contemplábamos todos desde arriba y yo, muy agarradito a aquella ventana, me decía: Si me cayese, ¡qué horrible destrozo habían de mi persona!
--
Mientras continuábamos en aquella extraña postura, salió una voz de la imagen de la Virgen que cantaba las palabras de San Pablo: Embrazad, pues el escudo de la fe inexpugnable.
--
Era un acanto tan armonioso, tan acorde, de tan sublime melodía, que nosotros estábamos como extáticos. Se percibían todas las notas desde la más grave a la más alta y parecía como si cien voces cantasen al unísono.
--
Nosotros escuchábamos aquel canto del paraíso, cuando vimos partir de los flancos de la Virgen numerosos jovencitos que habían bajado del cielo. Se acercaron a nosotros llevando escudos en sus manos y colocaban uno sobre el corazón de cada uno de nuestros jóvenes. Todos los escudos eran grandes, hermosos, resplandecientes.
--
Reflejábase en ellos la luz que procedía de la Virgen, pareciendo una cosa celestial. Cada escudo en el centro parecía de hierro, teniendo alrededor un círculo de diamantes y su borde era de oro finísimo. Este escudo representaba la fe. Cuando todos estuvimos armados, lo que estaban alrededor de la Virgen entonaron un dúo y cantaron de una manera tan armoniosa, que no sabría qué palabras emplear para expresar semejante dulzura. Era lo más bello, lo más suave, lo más melodioso que imaginar se puede.
--
Mientras yo contemplaba aquel espectáculo y estaba absorto escuchando aquella música, me sentí estremecido por una voz potente que gritaba:
--
¡A la pelea!
--
Entonces todas aquellas fieras comenzaron a agitarse furiosamente. En un momento caímos todos, quedando de pie en el suelo y he aquí que cada uno luchaba con las fieras, protegido por el escudo divino. No sabría decir si la batalla se entabló en el comedor o en el patio. El coro celestial continuaba sus armonías. Aquellos monstruos lazaban contra nosotros, con los vapores que salían de sus fauces,, balas de plomo, lanzas, saetas y toda suerte de proyectiles; pero aquellas armas o llegaban hasta nosotros y datan sobre nuestros escudos rebotando hacia atrás. El enemigo quería herirnos a toda costa y matarnos y reanudaba sus asaltos, pero no nos podían producir herida. Todos sus golpes daban con fuerza e los escudos y los monstruos se rompían los dientes y huían. Como las olas, se sucedían aquellas masas asaltantes pero todos hallaban la misma suerte.
--
Larga fue la lucha. Al fin se dejó oír la voz de la Virgen que decía: Esta es vuestra victoria, la que vence al mundo, vuestra fe. Al oír tales palabras, aquella multitud de fieras espantadas se dio una precipitada fuga y desapareció. Nosotros quedamos libres, a salvo, victoriosos en aquella sala inmensa del refectorio, siempre iluminada por la luz viva que emanaba de la Virgen.
--
Entonces me fijé con toda atención en los que llevaban el escudo. Eran muchos millares. Entre otros vi a Don Víctoa Alasonatti, a don Domingo Ruffino, a mi hermano José, la Hermano de la Escuelas Cristianas, los cuales habían combatido contra nosotros.
--
Pero las miradas de todos los jóvenes no podían apartarse de la Santísima Virgen. Ella entonó un cántico de acción de gracias, que despertaba en nosotros nuevos sentimientos de alegría y nuevos éxtasis indescriptibles. No sé si en el paraíso se puede oír algo superior.
--
Pero nuestra alegría se vio turbada de improviso por gritos y gemidos desgarradores, mezclados con rugidos de fieras. Parecía como si nuestros jóvenes hubiesen sido asaltados por aquellos animales, que poco antes habíamos visto huir de aquel lugar. Yo quise salir fuera inmediatamente, para ver lo que sucedía y prestar auxilio a mis hijos, pero no lo podía hacer porque los jóvenes estaban en la puerta por la que yo tenía que pasar y no me dejaban salir en manera alguna. Yo hacía toda clase de esfuerzos por librarme de ellos, diciéndoles: Pero dejadme ir en auxilio de los que gritan. Quiero ver a mis jóvenes y, si ellos sufren algún daño o están en peligro de muerte, quiera morir con ellos. Quiero ir, aunque me cueste la vida.
--
Y, escapándome de sus manos, me encontré inmediatamente debajo de los pórticos. Y ¡Qué espectáculo más horrible! El patio estaba cubierto de muertos, de moribundos y de heridos.
--
Los jóvenes, llenos de espanto, intentaban huir hacia una y otra parte perseguidos por aquellos monstruos que les clavaban los dientes en sus cuerpos, dejándoles cubiertos de heridas. A cada momento había jóvenes que caían y morían lanzando los ayes más dolorosos. Pero quien hacía la más espantosa mortandad era aquel oso que había sido el primero en aparecer en el patio de los aprendices. Con sus colmillos, semejantes a dos tajantes espadas, traspasaba el pecho de los jóvenes de derecha a izquierda, y de izquierda a derecha y sus víctimas, con la dos heridas en el corazón, caían inmediatamente muertas.
--
Yo me puse a gritar resueltamente: ¡Animo, mis queridos jóvenes!
--
Muchos se refugiaron junto a mí. Pero el osos, al verme corrió a mi encuentro. Yo, haciéndome el valiente, avancé unos pasos hacia él. Entretanto algunos jóvenes de lso que estaban en el refectorio y que habían vencido ya a las bestias salieron y se unieron a mí. Aquel príncipe de los demonios se arrojó contra mí y contra ellos, pero no nos pudo herir porque estábamos defendidos por los escudos. Ni siquiera llegó a tocarnos porque a la vista de los recién llegados como espantado y lleno de respeto, huía hacia atrás. Entonces fue cuando, mirando con fijeza aquellos sus dos largos colmillos en forme de espada, vi escritas do s palabras en gruesos caracteres, Sobre uno se leía: Otium; y sobre el otro: Gula.
--
[enemigos borraron que, a la vista de los escudos pudieron derrotar a los monstruos mayores y los otros huyeron por la puerta por donde se habían escapado los hermanos profesores]
--
Quedé estupefacto y me decía para mí:
--
¿Es posible que en nuestra casa, donde todos están tan ocupados, donde hay tanto que hacer que no se sabe por dónde empezar para librarnos de nuestras ocupaciones, haya quien peque de ocio?
--
Respecto a los jóvenes, me parece que trabajan, que estudian y que en el recreo no pueden el tiempo. Yo no sabía explicarme aquello. Pero me fue respondido:
--
Y con todo se pierden muchas medias horas.
--
¿Y de la gula? Me decía yo. Parece que entre nosotros no se pueden cometer pecados de gula aunque uno quiera. No tenemos ocasión de faltar a la templanza. Los alimentos no son regaladas, ni tampoco las bebidas. Apenas si se proporciona lo necesarios. ¿Cómo pueden darse casos de intemperancia que conduzcan al infierno?
--
De nuevo me fue respondido: ¡Oh sacerdote! Tú crees que tus conocimientos sobre la moral son profundos y que tienes mucha experiencia, pero de esto no sabes nada; todo constituye para ti una novedad. ¿No sabes que se puede faltar contra la templanza incluso bebiendo inmoderadamente agua? Yo, no contento con esto, quise que me diese una explicación más clara y, como estaba en el refectorio aún iluminado por la Virgen, me dirigí lleno de tristeza al hermano Miquel para que me aclarase mi duda.
--
Miquel me respondió.
--
¡Ah querido, en esto eres aún novicio! Te explicaré, pues, lo que me preguntas.
--
Respecto de la gula, has de saber que se puede pecar de intemperancia, cuando incluso en la mesa, se come o se bebe más de lo necesario; se puede cometer intemperancia en el dormir o cuando se hace algo relacionado con el cuerpo, que no sea necesario, que sea superfluo.
--
Respecto al ocio, has de saber que esta palabra n indica solamente no trabajar u ocupar o no el tiempo de recreo en jugar, sino también el dejar libre la imaginación durante este tiempo para que piense en cosas peligrosas. El ocio tiene lugar también cuando en el estudio uno se entretiene con otra cosa, cuando se emplea cierto tiempo en lecturas frívolas o permaneciendo con los brazos cruzados contemplando a los demás; dejándose vencer por la desgana y especialmente cuando en la iglesia no se reza o se siente fastidio en los actos de piedad. El ocio es el padre, el manantial, la cauda de muchas malas tentaciones y de múltiples males. Tú, que eres director de estos jóvenes, debes procurar alejara de ellos estos dos pecados, procurando avivar en ellos la fe. Si llegas a conseguir de tus muchachos que sean moderados en las pequeñas cosas que te he indicado, vencerán siempre al demonio y, con esta virtud, alcanzarán la humildad, la castidad y las demás virtudes. Y si ocupan el tiempo en el cumplimiento de sus deberes, no caerán jamás en la tentación del enemigo infernal y vivirán morirán como cristianos santos.
--
Después de haber oído todas estas cosas, le di las gracias por una tan bella instrucción, y después para cerciorarme de si era realidad o simple sueño todo aquellos, intenté tocarle la mano, pero no lo pude conseguir. Lo intenté por segunda vez y por tercera, pero todo fue inútil. Yo estaba fuera de mí y exclamé: Pero ¿es cierto o no es cierto todo lo que estoy viendo? ¿Acaso éstas no son personas? ¿No los he oído hablar a todos ellos?
--
El hermano Miguel me respondió:
--
Has de saber, puesto que lo has estudiado, que hasta que el alma no se reúna con el cuerpo, es inútil que intentes tocarme. No se puede tocar a los simples espíritus. Sólo para que los mortales nos puedan ver debemos adoptar la forma humana. Pero, cuando todos resucitemos para el Juicio, entonces tomaremos nuevamente nuestros cuerpos inmortales espiritualizados.
--
Entonces quise acercarme a la Virgen, que parecía tener algo que decirme. Estaba casi ya junto a Ella, cuando llegó a mis oídos un nuevo ruído y nuevos y agudos gritos de fuera. Quise salir al momento por segunda vez del comedor pero al salir me desperté.